domingo, 5 de abril de 2015

TOB - Domingo de Pascua, La Resurrección del Señor - Jn 20, 1-9

A cuarenta días de penas le siguen Cincuenta de alegrías

Después de cuarenta días de preparación, es decir de la cuaresma, ahora siguen cincuenta días para celebrar al Señor Resucitado. Por esta razón, hoy tenemos lecturas maravillosas para este tiempo. Comienza con la historia de la tumba vacía en el cuarto Evangelio, algo parecidos a los demás, pero a la vez muy diferente.

No hay palabras para describir la resurrección, este hecho supera toda palabra. Aunque esto trae zozobra, miedo y dudas, para los discípulos, la resurrección es una experiencia de revelación. En el Antiguo Testamento, estas reacciones se asocian a la revelación (Moisés), que fue también un acontecimiento perturbador. Es algo totalmente inesperado que viene de fuera de las personas y produce un cambio radical en sus vidas. Para los discípulos, la resurrección es una novedad total, una nueva creación, un nuevo comienzo.

El acto implícito pero dubitativo de la fe del discípulo amado se convierte en explícito y directo en el “vio y creyó”, lo mismo que pasa en el encuentro entre María de Magdala y Jesús resucitado.

Si prestamos la suficiente atención y tratamos de ver las cosas con una mente abierta, podemos aprender lo mismo de estos dos "encuentros": Que la fe en la resurrección es un asunto del corazón, más que de la cabeza.

Al encontrar la tumba vacía, María Magdalena corre a los apóstoles y los sorprende con la noticia. Que buena nueva tan inesperada y difícil de creer.

Juan es el único Evangelista que involucra directamente a los apóstoles en la constatación de que la tumba de Jesús estaba vacía.

Ellos constatan por sí mismos; no están allí ni Jesús ni ángeles para orientarlos sobre el significado de este gran acontecimiento.
Aun así, una gran alegría los invade en medio de su inicial confusión. El Discípulo Amado y Pedro vieron los lienzos sin el cuerpo dentro de la tumba vacía, pero fue él quien entendió lo que esto significaba: que Jesús había resucitado de entre los muertos!

A veces, cuando encontramos un paisaje tan impresionante y hermoso, nos quedamos como embobados. Emocionamos empezamos a tomar cuanta foto podemos para tratar de captar la visión, las emociones, la experiencia, y la maravilla de la vista. Pero cuando tratamos de explicar esto a nuestros amigos, es inútil esperar que sientan y se emocionen del mismo modo que lo hicimos nosotros ante tal maravilla. Ellos sólo lo entenderían si ven por sí mismos lo que yo vi. Para aquellos que no entienden, las palabras sobran, y para los que sí entienden, las palabras no son necesarias.

La lectura de la historia de la resurrección nos deja esa misma sensación. Es un hecho profundamente misterioso, es imposible capturar el impacto en los corazones de sus seguidores, ese primer día de Pascua. Este evangelio, es realmente una gran noticia, es atemporal y lo sigue siendo para aquí y ahora. Debe tratar de reflejarme en las personas de esta historia, debo tratar de meterme dentro de la historia que San Juan narra hoy.

¿Soy como Magdalena, que dio la noticia de la resurrección a los demás?
¿Soy como los apóstoles que responden de inmediato y corren hacia la tumba para ver por sí mismos.

El relato de la resurrección de Jesús, me conmuevo profundamente, me toca y atrapa una y otra vez. En nuestras oscuridades y desolaciones - todos tenemos alguna- cuando clamamos a Dios por ayuda, cuando gritamos desde el corazón: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" y leemos esta lectura, de veras entendemos que Dios ni se olvida ni nos abandona. Iluminados por esta luz victoriosa descubrimos que la hora más oscura es justo antes del amanecer.

Pongámonos en la mañana de Pascua, rodaron la piedra de la entrada de la tumba.
¿Puedo imaginar que a veces mi corazón es como una tumba en espera de la resurrección?
¿Puedo imaginar algo parecido a una piedra que me está frenando de disfrutar la vida en plenitud?

De repente es una adicción, una compulsión o algún secreto oculto y oscuro que nunca he compartido con nadie.
Podemos estar tan enfermos como oscuros son nuestros secretos. El Papa Francisco nos recuerda: "Estamos llamados a ser personas de esperanza gozosa, no profetas del juicio final!" Gracias a la resurrección de Jesús, todos podemos tener una alegría esperanzada, y estamos obligados a compartirla con el mundo.

Enamorarse de Dios
No hay nada más práctico
que encontrar a Dios.

Es decir, enamorarse
rotundamente y sin ver atrás.

Aquello de lo que te enamores,
lo que arrebate tu imaginación,
afectará todo.

Determinará
lo que te haga levantar por la mañana,
lo que harás con tus atardeceres,
cómo pases tus fines de semana,
lo que leas, a quien conozcas,
lo que te rompa el corazón
y lo que te llene de asombro
con alegría y agradecimiento.

Enamórate, permanece enamorado,
y esto lo decidirá todo.

(Atribuido a Pedro Arrupe, SJ 1907-1991)


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Lecturas Bíblicas en Lenguaje Latinoamericano - Ciclo B - Pascua de resurrección, Misa del Día


Primera lectura: Hch 10, 34a. 37-43
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: “Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea, después del bautismo predicado por Juan: cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de cuanto él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos.

Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos.

El testimonio de los profetas es unánime: que cuantos creen en él reciben, por su medio, el perdón de los pecados”.


Salmo Responsorial: Salmo 117, 1-2. 16ab-17. 22-23 / R. (24) Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.
Te damos gracias, Señor, porque eres bueno, porque tu misericordia es eterna.
Diga la casa de Israel: “Su misericordia es eterna”.
R./ Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.
La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es nuestro orgullo.
No moriré, continuaré viviendo para contar lo que el Señor ha hecho.
R./ Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.
La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente.
R./ Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.


Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Hermanos:
Puesto que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes se manifestarán gloriosos, juntamente con él.

O bien:
1 Cor 5, 6b-8
Hermanos:
¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado.

Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad.

Secuencia
Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado, que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte en singular batalla,
y, muerto el que es la vida, triunfante se levanta.

“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?”
“A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
los ángeles testigos, sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!
Vengan a Galilea, allí el Señor aguarda;
allí verán los suyos la gloria de la Pascua”.

Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia
que estás resucitado; la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate de la miseria humana
y da a tus fieles parte en tu victoria santa.

Aclamación antes del Evangelio: 1 Cor 5, 7b-8a
R. Aleluya, aleluya.
Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado; celebremos, pues, la Pascua.
R. Aleluya.


Evangelio; Jn 20, 1-9
El primer día después del sábado,
estando todavía oscuro,
fue María Magdalena al sepulcro
y vio removida la piedra que lo cerraba.

Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.


Los textos de la Sagrada Escritura utilizados en esta obra han sido tomados de los Leccionarios I, II y III, propiedad de la Comisión Episcopal de Pastoral Litúrgica de la Conferencia Episcopal Mexicana, copyright © 1987, quinta edición de setiembre de 2004. Utilizados con permiso. Todos los derechos reservados.

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