miércoles, 20 de marzo de 2024

TOB - Domingo de Ramos - Mira que tu Rey viene - Mc 14, 1–15,47

Is 50, 4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes
Salmo 21: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?
Flp 2, 6-11: Se humilló, por eso Dios lo ensalzó sobre todo
Mc 14, 1–15,47: (abreviado): Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
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Mira que tu Rey viene
Por muchos siglos el pueblo de Israel esperó al Mesías liberador, lo esperaban como un príncipe guerrero, fuerte, valiente. Nunca lo imaginaron venir como un Mesías que hablara de paz, de amor, de oportunidades; no imaginaban trayendo liberación, sanidad y Salvación. Jesús entra en Jerusalén en tiempos de mucha opresión, sin dignidad y mucha necesidad de liberación real. Jesucristo entró a la capital Judía como Rey humilde y Mesías de paz y un pueblo entusiasmado lo aclama con cantos de júbilo y esperanza. “Hosanna en las alturas bendito el que viene en nombre del señor “, Mc 11, 9. Por fin viene el Rey de Reyes, “ Bendito sea el que viene como Rey en nombre del señor”. Lc 19,38.

Cuando Jesús entra a la ciudad en un asno, (Mt 21, 1-5) anuncia que no es un mesías militar y guerrero. Los reyes y conquistadores Medos, Asirios, Caldeo y Romanos entraban en animales de guerra como los caballos, elefantes y camellos.

El asno ya era conocido antes que el camello y era una valiosa posesión de la gente de clase humilde, era uno de ellos y por eso también era muy popular entre los jefes religiosos del pueblo. El Asno era una cabalgadura noble, humilde sin aspecto agresivo ni militar. Entrar montado en un asno simbolizaba el cumplimiento mesiánico de las profecías, (Zac 9, 9).

Jesús sabe lo que el pueblo espera, por eso quiere dar un signo claro de que él no es un mesías guerrero sino más bien, viene a instaurar un reino distinto, no como los de este mundo. Por eso, pone de manifiesto su humildad al venir sentado como el común de la gente, como todos los judíos lo hacen cotidianamente. Mateo lo resalta cuando dice “Mira que tu rey viene a ti con toda sencillez, montado en una asna Mt 21, 1-5

Fueron nuestros dolores los que soportó

"Fue oprimido y afligido, no abrió su boca. Como un cordero, fue llevado al matadero, y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca "(Is 53, 7).

A los seguidores de Cristo, este texto de Isaías provoca una respuesta interior más profunda, al ver cómo se aplican al Hijo único y amado de Dios, y cómo él murió por todos nosotros. En las palabras de San Pedro ", sin haberlo visto que han llegado a creer en él, y por eso están ya llenos de una alegría tan gloriosa que no se puede describir" (1 Pedro 1: 8). 

Sin este amor sincero de Cristo, no somos sus verdaderos seguidores. No podemos decir que lo amamos completamente, hasta que no valoremos lo que él sufrió por nosotros.

Después de haber oído el relato de la Pasión no hay necesidad de explorar con tanto detalle los eventos allí descritos. 

Es bueno sí tener en cuenta que Cristo no fue ajeno a las dificultades, privaciones y sufrimiento, desde mucho antes de ese día final de su vida. "Siendo Dios", como dice San Pablo, desde que vino a la tierra, Jesús se despojó de sí mismo y asume la condición de siervo, se hace tan humano como nosotros (Fil 2: 6). 


Él, el Dios Altísimo, sufrió las penurias de los pobres, 
sin ni siquiera tener a veces un lugar donde reclinar la cabeza. 

Él soportó el hambre y la sed, y después de largos días rodeados por multitudes que buscan una cura, a menudo pasaba noches enteras en oración en las colinas. 

A pesar de su compasión con todos los que vinieron a él, soportó el odio y el rechazo, en particular de los fariseos y sacerdotes, que planeaba matarlo. ¿Cómo habrá sufrido por este rechazo y odio? 

En el “El rey Lear” leemos "Es más filudo e hiriente un hijo ingrato que el diente de una serpiente;" ¿Cómo se habrá sentido Jesús al ser rechazado por el pueblo que Él había elegido, por encima de todos los demás.

Tan terrible fue la lucha interna de Jesús cuando tuvo que enfrentar su propia muerte, que en el jardín, su sudor se convirtió en grandes gotas como de sangre que caían al suelo. Otro trago amargo fue el saber que uno de su propio círculo de los doce lo traicionaría, que la mayoría de los otros le dejaría, y que incluso el leal San Pedro juraría en repetidas ocasiones que no lo conocía. Pero lo más terrible de todo era ese sentimiento de haber sido abandonado por Dios, Su propio Padre. Pareciera que su espíritu interior se envolvió en una dura oscuridad que reflejaba la tenebrosa oscuridad que envolvía el Calvario cuando el final se acercaba. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Esa cara tan cruelmente desfigurada era el rostro del Hijo de Dios. 
La frente chorreando sangre, las manos y los pies clavados en la cruz, el cuerpo flagelado y lacerado, el costado traspasado con una lanza: 
Eran la frente, las manos y los pies, el cuerpo sagrado, el lado de la Palabra eterna, hecha visible en Jesús. ¿Por qué tanto sufrimiento? Sólo podemos decir con Isaías: "Fue por nuestras rebeliones que estaba herido, por nuestros pecados, fue aplastado. 

En Él estaba el castigo que nos trae la curación, a través de sus heridas hemos sido recreados "(53: 5 ss).


Dios, Padre nuestro, 
Ayúdanos a vivir de tal modo 
que el sufrimiento de Tu Hijo por nosotros 
no haya sido en vano.

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Lecturas en Lenguaje Latinoamericano - TOB - Domingo de Ramos - La Misa 
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Primera Lectura: Is 50, 4-7
"El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento.

Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo.
El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba.
No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.

Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido,
por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado".
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Salmo Responsorial_ Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

Todos los que me ven, de mí se burlan; me hacen gestos y dicen:
"Confiaba en el Señor, pues que él lo salve; si de veras lo ama, que lo libre".
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Los malvados me cercan por doquiera como rabiosos perros.
Mis manos y mis pies han taladrado y se puedan contar todos mis huesos.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Reparten entre sí mis vestiduras y se juegan mi túnica a los dados.
Señor, auxilio mío, ven y ayúdame, no te quedes de mí tan alejado.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alábenlo; glorificarlo, linaje de Jacob, témelo, estirpe de Israel.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
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Segunda Lectura: Flp 2, 6-11
Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina,
sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres.
Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,
para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
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Aclamación antes del Evangelio: Flp 2, 8-9
R.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
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Versión Corta: Mc 15, 1-39
Luego que amaneció, se reunieron los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el sanedrín en pleno, para deliberar. Ataron a Jesús, se lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Éste le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Él respondió: "Sí lo soy". Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo: "¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan". Jesús ya no le contestó nada, de modo que Pilato estaba muy extrañado.

Durante la fiesta de Pascua, Pilato solía soltarles al preso que ellos pidieran. Estaba entonces en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en un motín. Vino la gente y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les dijo: "¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?" Porque sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato les volvió a preguntar: "¿Y qué voy a hacer con el que llaman rey de los judíos?" Ellos gritaron: "¡Crucifícalo!" Pilato les dijo: "Pues ¿qué mal ha hecho?" Ellos gritaron más fuerte: "¡Crucifícalo!" Pilato, queriendo dar gusto a la multitud, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio, al pretorio, y reunieron a todo el batallón. Lo vistieron con un manto de color púrpura, le pusieron una corona de espinas que habían trenzado y comenzaron a burlarse de él, dirigiéndole este saludo: "¡Viva el rey de los judíos!" Le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminadas las burlas, le quitaron aquel manto de color púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para crucificarlo.

Entonces forzaron a cargar la cruz a un individuo que pasaba por ahí de regreso del campo, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir "lugar de la Calavera"). Le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echando suertes para ver qué le tocaba a cada uno.

Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: "El rey de los judíos". Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: Fue contado entre los malhechores.

Los que pasaban por ahí lo injuriaban meneando la cabeza y gritándole: "¡Anda! Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo y baja de la cruz". Los sumos sacerdotes se burlaban también de él y le decían: "Ha salvado a otros, pero a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos". Hasta los que estaban crucificados con él también lo insultaban.

Al llegar el mediodía, toda aquella tierra se quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. Y a las tres, Jesús gritó con voz potente: "Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?" (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: "Miren, está llamando a Elías". Uno corrió a empapar una esponja en vinagre, la sujetó a un carrizo y se la acercó para que bebiera, diciendo: "Vamos a ver si viene Elías a bajarlo". Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.

Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo. El oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo: "De veras este hombre era Hijo de Dios".
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