sábado, 13 de abril de 2024

TOB - 2do Domingo de Pascua - Abriendo nuestras Puertas - Jn 20, 19-31


El miedo a lo que otros nos pueden hacer tiende a encerrarnos en nosotros mismos, a construir castillos y puertas más fuertes y a aislarnos más de los otros. 

Nos retiramos de las personas que nos hacen sentir incómodas y nos volvemos duros y lentos para abrirnos a quienes nos crítican y nos juzgan. Dudamos en  compartir nuestras ideas y planes con los que pensamos que no soportan tonterías. 

Casi siempre, el miedo a los demás nos puede retraer y encerrar en nosotros mismos atrofiando nuestro crecimiento. 


Los discípulos, que por el miedo de las autoridades judías se han encerrado en una habitación, se quedan allí a pesar de que una emocionada María Magdalena les anuncia que la tumba donde enterraron al Señor está vacía y que ellas lo han visto. 


Nada parece suficiente para superar su miedo. 
¿Piensan que les harían lo que hicieron a Jesús?

El miedo los auto-exilia en un escondite que parece seguro. Cuando el mismo Señor resucitado se les aparece a puertas cerradas, los saluda, se les acerca y les ayuda a superar su miedo todo cambia


Jesús los llenó de una nueva energía al soplar sobre ellos el Espíritu Santo. Reanima su esperanza y los libera de su miedo; y más aún, los envía a todo el mundo y les confía su misión. "Como el Padre me envió, también yo los envío", dijo. 

Por el poder del Espíritu vuelven a la vida y salen de su auto impuesta prisión a testimoniar al Señor resucitado. 

En los Hechos de Los Apóstoles, Lucas comparte la imagen de los discípulos reunidos, con miedo pero juntos. Describe una comunidad de creyentes, la iglesia, dando testimonio de la resurrección tanto de palabra como por la calidad de su vida.

Para los discípulos de hoy 
También a nosotros nos puede pasar lo que a los primeros discípulos, auto encerrarnos en nosotros mismos, a merced de los "golpes y flechas de la insultante fortuna" que debilita nuestro seguimiento comprometido del Señor. Como ellos, podemos caer en la tentación y renunciar a vivir profundamente nuestra fe. La auto conservación puede impedirnos hacer lo que somos capaces de hacer con ayuda del Señor. 

Las antiguas heridas que llevamos, las iniciativas que fracasaron hacen que dudemos en volver a intentarlo. Incluso cuando alguien parece lleno de entusiasmo y esperanza, como María Magdalena y nos propone hacer algo juntos, nos encogemos de hombros y les dejamos seguir adelante mientras que nosotros nos quedamos atrás para estar a salvo. 

El Evangelio nos indica una manera de salir de nuestro encierro autoimpuesto. Si la experiencia de la Magdalena no nos impacta, el Señor encontrará otro modo de entrar en nuestras vidas, llenarnos de nueva vida y energía para su servicio. No hay puertas ni corazones cerrados que puedan mantenerlo fuera, Él va a entrar al lugar de nuestro retiro para remover lo que no nos deja salir. 

Él solo necesita un poco de apertura de nuestra parte; aunque sea algún deseo de convertirnos en lo que estamos llamados a ser. El Señor resucitado siempre re-crea y nos renovará con su amor. Pascua es un tiempo para celebrar esa buena noticia.

Los discípulos no reaccionaron ante el entusiasmo esperanzador de María Magdalena que había visto al Señor. 

También Tomás estaba inconmovible e impasible ante el testimonio de los discípulos que le dijeron que también habían visto al Señor. Tomás era una tuerca aún más difícil de ajustar o aflojar que los otros discípulos. Era una de esas personas que insisten en que se cumplan determinadas condiciones antes de hacer un movimiento, "Si no veo, no creo."  Tal como lo hizo con los otros discípulos, el Señor se revela a Tomás en sus propios términos, se acomoda a las exigencias de Tomás y le dice: "Pon tu dedo aquí." Tomás, desarmado, cae en adoración; su miedo y duda chocan con una infinita comprensión y acogida.

El evangelio nos recuerda que el Señor nos encontrará donde quiera que estemos, aunque dudemos o nos escondamos. Él toma en serio todos nuestros temores y dudas y a pesar de ellas quiere revelarse para fortalecernos y enviarnos. Jesús actúa en nuestro propio terreno, sin importar que clase de terreno sea. Allí nos dirá la palabra adecuada según nuestro estado personal de mente y corazón. 

No tenemos que entrar en ningún lugar especial para que el Señor participe en nuestra vida, en nuestra historia. Él nos encuentra donde estemos, aún en el miedo o en la duda. En este tiempo de Pascua, oremos pidiendo apertura para recibir al Señor que viene a nosotros en las circunstancias concretas de nuestras propias vidas. Pidamos para que también nosotros podamos decir con Tomás: "¡Señor mío y Dios mío". Oremos también para que, como el Señor, recibamos a los demás donde están, en vez de hacerlo desde donde nos gustaría que fueran.
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Lecturas Bíblicas en Lenguaje Latinoamericano - Ciclo B
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Primera lectura: Hch 4, 32-35
La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma; todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.
Con grandes muestras de poder, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y todos gozaban de gran estimación entre el pueblo. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían terrenos o casas, los vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.
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Salmo Responsorial: Salmo 117, 2-4. 16ab -15. 22-24
Diga la casa de Israel: “Su misericordia es eterna”. 
Diga la casa de Aarón: “Su misericordia es eterna”.
Digan los que temen al Señor: “Su misericordia es eterna”.
R. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
La diestra del Señor es poderosa, 
la diestra del Señor es nuestro orgullo.
No moriré, continuaré viviendo
para contar lo que el Señor ha hecho.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me abandonó a la muerte.
R. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
La piedra que desecharon los constructores,
es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente.
Este es el día de triunfo del Señor: día de júbilo y de gozo.
R. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
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Segunda lectura: 1 Jn 5, 1-6
Queridos hermanos: Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios; todo el que ama a un padre, ama también a los hijos de éste. Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos, pues el amor de Dios consiste en que cumplamos sus preceptos. Y sus mandamientos no son pesados, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y nuestra fe es la que nos ha dado la victoria sobre el mundo. Porque, ¿quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios.
Jesucristo es el que vino por medio del agua y de la sangre; él vino, no sólo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
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Aclamación antes del Evangelio: Jn 20, 29

R. Aleluya, aleluya.
Tomás, tú crees porque me has visto.
Dichosos los que creen sin haberme visto, dice el Señor.
R. Aleluya.
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Evangelio: Jn 20, 19-31
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
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sábado, 30 de marzo de 2024

TOB - Domingo de Pascua, La Resurrección del Señor - Jn 20, 1-9

A cuarenta días de penas le siguen Cincuenta de alegrías

Después de cuarenta días de preparación, es decir de la cuaresma, ahora siguen cincuenta días para celebrar al Señor Resucitado. Por esta razón, hoy tenemos lecturas maravillosas para este tiempo. Comienza con la historia de la tumba vacía en el cuarto Evangelio, algo parecidos a los demás, pero a la vez muy diferente.

No hay palabras para describir la resurrección, este hecho supera toda palabra. Aunque esto trae zozobra, miedo y dudas, para los discípulos, la resurrección es una experiencia de revelación. En el Antiguo Testamento, estas reacciones se asocian a la revelación (Moisés), que fue también un acontecimiento perturbador. Es algo totalmente inesperado que viene de fuera de las personas y produce un cambio radical en sus vidas. Para los discípulos, la resurrección es una novedad total, una nueva creación, un nuevo comienzo.

El acto implícito pero dubitativo de la fe del discípulo amado se convierte en explícito y directo en el “vio y creyó”, lo mismo que pasa en el encuentro entre María de Magdala y Jesús resucitado.

Si prestamos la suficiente atención y tratamos de ver las cosas con una mente abierta, podemos aprender lo mismo de estos dos "encuentros": Que la fe en la resurrección es un asunto del corazón, más que de la cabeza.

Al encontrar la tumba vacía, María Magdalena corre a los apóstoles y los sorprende con la noticia. Que buena nueva tan inesperada y difícil de creer.

Juan es el único Evangelista que involucra directamente a los apóstoles en la constatación de que la tumba de Jesús estaba vacía.

Ellos constatan por sí mismos; no están allí ni Jesús ni ángeles para orientarlos sobre el significado de este gran acontecimiento.
Aun así, una gran alegría los invade en medio de su inicial confusión. El Discípulo Amado y Pedro vieron los lienzos sin el cuerpo dentro de la tumba vacía, pero fue él quien entendió lo que esto significaba: que Jesús había resucitado de entre los muertos!

A veces, cuando encontramos un paisaje tan impresionante y hermoso, nos quedamos como embobados. Emocionamos empezamos a tomar cuanta foto podemos para tratar de captar la visión, las emociones, la experiencia, y la maravilla de la vista. Pero cuando tratamos de explicar esto a nuestros amigos, es inútil esperar que sientan y se emocionen del mismo modo que lo hicimos nosotros ante tal maravilla. Ellos sólo lo entenderían si ven por sí mismos lo que yo vi. Para aquellos que no entienden, las palabras sobran, y para los que sí entienden, las palabras no son necesarias.

La lectura de la historia de la resurrección nos deja esa misma sensación. Es un hecho profundamente misterioso, es imposible capturar el impacto en los corazones de sus seguidores, ese primer día de Pascua. Este evangelio, es realmente una gran noticia, es atemporal y lo sigue siendo para aquí y ahora. Debe tratar de reflejarme en las personas de esta historia, debo tratar de meterme dentro de la historia que San Juan narra hoy.

¿Soy como Magdalena, que dio la noticia de la resurrección a los demás?
¿Soy como los apóstoles que responden de inmediato y corren hacia la tumba para ver por sí mismos.

El relato de la resurrección de Jesús, me conmuevo profundamente, me toca y atrapa una y otra vez. En nuestras oscuridades y desolaciones - todos tenemos alguna- cuando clamamos a Dios por ayuda, cuando gritamos desde el corazón: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" y leemos esta lectura, de veras entendemos que Dios ni se olvida ni nos abandona. Iluminados por esta luz victoriosa descubrimos que la hora más oscura es justo antes del amanecer.

Pongámonos en la mañana de Pascua, rodaron la piedra de la entrada de la tumba.
¿Puedo imaginar que a veces mi corazón es como una tumba en espera de la resurrección?
¿Puedo imaginar algo parecido a una piedra que me está frenando de disfrutar la vida en plenitud?

De repente es una adicción, una compulsión o algún secreto oculto y oscuro que nunca he compartido con nadie.
Podemos estar tan enfermos como oscuros son nuestros secretos. El Papa Francisco nos recuerda: "Estamos llamados a ser personas de esperanza gozosa, no profetas del juicio final!" Gracias a la resurrección de Jesús, todos podemos tener una alegría esperanzada, y estamos obligados a compartirla con el mundo.

Enamorarse de Dios
No hay nada más práctico
que encontrar a Dios.

Es decir, enamorarse
rotundamente y sin ver atrás.

Aquello de lo que te enamores,
lo que arrebate tu imaginación,
afectará todo.

Determinará
lo que te haga levantar por la mañana,
lo que harás con tus atardeceres,
cómo pases tus fines de semana,
lo que leas, a quien conozcas,
lo que te rompa el corazón
y lo que te llene de asombro
con alegría y agradecimiento.

Enamórate, permanece enamorado,
y esto lo decidirá todo.

(Atribuido a Pedro Arrupe, SJ 1907-1991)


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Lecturas Bíblicas en Lenguaje Latinoamericano - Ciclo B - Pascua de resurrección, Misa del Día


Primera lectura: Hch 10, 34a. 37-43
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: “Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea, después del bautismo predicado por Juan: cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de cuanto él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos.

Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos.

El testimonio de los profetas es unánime: que cuantos creen en él reciben, por su medio, el perdón de los pecados”.


Salmo Responsorial: Salmo 117, 1-2. 16ab-17. 22-23 / R. (24) Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.
Te damos gracias, Señor, porque eres bueno, porque tu misericordia es eterna.
Diga la casa de Israel: “Su misericordia es eterna”.
R./ Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.
La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es nuestro orgullo.
No moriré, continuaré viviendo para contar lo que el Señor ha hecho.
R./ Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.
La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente.
R./ Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.


Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Hermanos:
Puesto que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes se manifestarán gloriosos, juntamente con él.

O bien:
1 Cor 5, 6b-8
Hermanos:
¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado.

Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad.

Secuencia
Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado, que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte en singular batalla,
y, muerto el que es la vida, triunfante se levanta.

“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?”
“A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
los ángeles testigos, sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!
Vengan a Galilea, allí el Señor aguarda;
allí verán los suyos la gloria de la Pascua”.

Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia
que estás resucitado; la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate de la miseria humana
y da a tus fieles parte en tu victoria santa.

Aclamación antes del Evangelio: 1 Cor 5, 7b-8a
R. Aleluya, aleluya.
Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado; celebremos, pues, la Pascua.
R. Aleluya.


Evangelio; Jn 20, 1-9
El primer día después del sábado,
estando todavía oscuro,
fue María Magdalena al sepulcro
y vio removida la piedra que lo cerraba.

Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.


Los textos de la Sagrada Escritura utilizados en esta obra han sido tomados de los Leccionarios I, II y III, propiedad de la Comisión Episcopal de Pastoral Litúrgica de la Conferencia Episcopal Mexicana, copyright © 1987, quinta edición de setiembre de 2004. Utilizados con permiso. Todos los derechos reservados.

viernes, 29 de marzo de 2024

TOB - Viernes Santo - Por Amor a Dios y a ti mismo - Jn 18, 1–19, 42.

El Calvario pone en alivio consolador la experiencia
de todos los que sufren, ya sea la pesadilla del dolor físico
o el trauma emocional de una pérdida significativa
o la perspectiva de una muerte inminente.
Jesús lucha por aceptar la realidad de su situación,
refleja cada experiencia humana de sufrimiento y pérdida 
y nos abre a la complejidad y confusión
de las emociones que acompañan a todos aquellos
atrapados 
en la estela del dolor, la pérdida y la muerte.

En nuestros días, los que experimentan dolor y desolación
en cualquier forma, tanto en los hogares como en los hospitales, todos los que, como María, están al pie de la cruz,
sentirán algo de la complejidad de las emociones
que estuvieron presentes en el Calvario, vivirán la misma confusión, la desilusión, la desolación, la ira, el mismo reproche.
¿Cuántos, de hecho, este Viernes Santo, se harán eco del gran lamento de Jesús 
cuando moría en la cruz: Dios mío, ¿qué me has hecho? Respóndeme?

Todos los que sufren en este Viernes Santo, todos los que luchan por darle sentido a lo que, según cualquier estimación humana, parece sin sentido, encontrarán un eco de su dolor en los sufrimientos de Jesús porque la contradicción de la cruz es eso. representa los sufrimientos de Cristo, continúa salvando, sanando y consolando.

Contemplar a Jesús en la cruz
brinda consuelo, resiliencia y fuerza a quienes lo necesitan.
Y nos recuerda que es a través de su sufrimiento
que todos los seres humanos y todas las cosas son redimidos en Él y por Él.
Contemplar a Jesús en la cruz, puede transmitirnos la dolorosa sensación
de que el poder, la presencia y la promesa de Dios
ahora nos son accesibles en nuestro sufrimiento y en nuestra necesidad.
Contemplar a Jesús en la Cruz nos recuerda que en nuestros cuerpos actuales, frágiles y redimidos, llevamos el poder salvador de Dios. Besa la cruz el Viernes Santo, no por Dios sino por ti mismo. 

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Primera Lectura: Is 52, 13–53, 12

He aquí que mi siervo prosperará,
será engrandecido y exaltado, será puesto en alto.

Muchos se horrorizaron al verlo,
porque estaba desfigurado su semblante, 
que no tenía ya aspecto de hombre;
pero muchos pueblos se llenaron de asombro.
Ante él los reyes cerrarán la boca,
porque verán lo que nunca se les había contado
y comprenderán lo que nunca se habían imaginado. 

¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado?
¿A quién se le revelará el poder del Señor?
Creció en su presencia como planta débil,
como una raíz en el desierto.
No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente;
despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento;
como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado. 

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores;
nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado,
traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.
Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados. 

Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino,
y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.
Cuando lo maltrataban, se humillaba y no abría la boca,
como un cordero llevado a degollar;
como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. 

Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó de su suerte?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos,
lo hirieron de muerte por los pecados de mi pueblo,
le dieron sepultura con los malhechores a la hora de su muerte,
aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca. 

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento.
Cuando entregue su vida como expiación,
verá a sus descendientes, prolongará sus años
y por medio de él prosperarán los designios del Señor.

Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos
justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos.
 

Por eso le daré una parte entre los grandes, y con los fuertes repartirá despojos,
ya que indefenso se entregó a la muerte y fue contado entre los malhechores,
cuando tomó sobre sí las culpas de todos e intercedió por los pecadores.

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Salmo Responsorial: Salmo 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25 (Lc 23, 46)

A ti, Señor, me acojo: que no quede yo nunca defraudado.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
y tú, mi Dios leal, me librarás.
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Se burlan de mí mis enemigos,
mis vecinos y parientes de mí se espantan,
los que me ven pasar huyen de mí.
Estoy en el olvido, como un muerto,
Como un objeto tirado en la basura.
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.


Pero yo, Señor, en ti confío. Tú eres mi Dios,
y en tus manos está mi destino.
Líbrame de los enemigos que me persiguen.
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Vuelve, Señor, tus ojos a tu siervo
y sálvame, por tu misericordia.
Sean fuertes y valientes de corazón,
Ustedes, los que esperan en el Señor.
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
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Segunda Lectura: Heb 4, 14-16; 5, 7-9
Hermanos: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote,
que ha entrado en el cielo. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe.
En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse
de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado
por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado.
Acerquémonos, por lo tanto, con plena confianza al trono de la gracia,
para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno.

Precisamente por eso, Cristo, durante su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas,
con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte,
y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo,
aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección,
se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen.
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Aclamación antes del Evangelio: Flp 2, 8-9

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
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Las narraciones de la pasión se proclaman en su totalidad para que todos vean vívidamente el amor de Cristo por cada persona. A la luz de esto, los crímenes durante la Pasión de Cristo no pueden atribuirse, ni en la predicación ni en la catequesis, indiscriminadamente a todos los judíos de ese tiempo, ni a los judíos de hoy. El pueblo judío no debe ser referido como si fuera reprobado de Dios

o maldito, como si este punto de vista se dedujera de las Sagradas Escrituras.
La Iglesia siempre tiene en mente que Jesús, su madre María y los apóstoles eran todos judíos.
Como la Iglesia siempre ha sostenido, Cristo sufrió libremente su pasión y muerte
a causa de los pecados de todos, para que todos pudieran ser salvados.
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Evangelio: Jn 18, 1–19, 42

N. En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos
al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto,
y entraron allí él y sus discípulos.
Judas, el traidor, conocía también el sitio,
porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos.

N. Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias
de los sumos sacerdotes y de los fariseos
y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas.

N.  Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo:
“¿A quién buscan?”

N. Le contestaron:
S. “A Jesús, el nazareno”.

N. Les dijo Jesús:
“Yo soy”.

N. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron a tierra.

N. Jesús les volvió a preguntar:
† “¿A quién buscan?”

N. Ellos dijeron:
S. “A Jesús, el nazareno”.

N. Jesús contestó:
† “Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan”.

N. Así se cumplió lo que Jesús había dicho:
     ‘No he perdido a ninguno de los que me diste’.

N. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco.

 N. Dijo entonces Jesús a Pedro:
† “Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?”

N. El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús,
lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás,
sumo sacerdote aquel año. 

N. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo:
 ‘Conviene que muera un solo hombre por el pueblo’.

N. Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús.
Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús
en el palacio del sumo sacerdote,
mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta.
Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote,
habló con la portera e hizo entrar a Pedro. 

N. La portera dijo entonces a Pedro:
S. “¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?”

N. Él dijo:
Pe. “No lo soy”. 

N. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío,
y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.

N. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
Jesús le contestó:
† “Yo he hablado abiertamente al mundo
y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo,
donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas.
¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído,
sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho”.

N. Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole:
S. “¿Así contestas al sumo sacerdote?”

N. Jesús le respondió:
† “Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado;
pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?” 

N. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.
Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. “¿No eres tú también uno de sus discípulos?”

N. Él lo negó diciendo:
Pe. “No lo soy”. 

N. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel
a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo:
S. “¿Qué no te vi yo con él en el huerto?” 

N. Pedro volvió a negarlo y enseguida cantó un gallo.
Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio.

N. Era muy de mañana y ellos no entraron en el palacio
para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua.

N. Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo:
Pi. “¿De qué acusan a este hombre?”

N. Le contestaron:
S. “Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído”.

N. Pilato les dijo:
Pi. “Pues llévenselo y júzguenlo según su ley”.

N. Los judíos le respondieron:
S. “No estamos autorizados para dar muerte a nadie”. 

N. Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
Pi. “¿Eres tú el rey de los judíos?”

N. Jesús le contestó:
† “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?”

N. Pilato le respondió:
Pi. “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí.
¿Qué es lo que has hecho?”

N. Jesús le contestó:
† “Mi Reino no es de este mundo.
Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado
para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”.

N. Pilato le dijo:
Pi. “¿Conque tú eres rey?”

N. Jesús le contestó:
† “Tú lo has dicho. Soy rey.
Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad.
Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

N. Pilato le dijo:
Pi. “¿Y qué es la verdad?”

N. Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo:
Pi. “No encuentro en él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?”

N. Pero todos ellos gritaron:
S. “¡No, a ése no! ¡A Barrabás!”  (El tal Barrabás era un bandido).

N. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.

N. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza,
le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a él, le decían:
S. “¡Viva el rey de los judíos!”,

N. y le daban de bofetadas.

N. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
Pi. “Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa”.

N. Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura.

N. Pilato les dijo:
Pi. “Aquí está el hombre”.
N. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores, gritaron:
S. “¡Crucifícalo, crucifícalo!”

N. Pilato les dijo:
Pi. “Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él”.

N. Los judíos le contestaron:
S. “Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir,
porque se ha declarado Hijo de Dios”.

N. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más,
y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
Pi. “¿De dónde eres tú?”

N. Pero Jesús no le respondió.

N. Pilato le dijo entonces:
Pi. “¿A mí no me hablas?
¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?”

N. Jesús le contestó:
† “No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto.
Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”.

N. Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. “¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!;
porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César”. 

N. Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal,
en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). 

N. Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. 

N. Y dijo Pilato a los judíos:
Pi. “Aquí tienen a su rey”.

N. Ellos gritaron:
S. “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!”

N. Pilato les dijo:
Pi. “¿A su rey voy a crucificar?”

N. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. “No tenemos más rey que el César”.

Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz
se dirigió hacia el sitio llamado “la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota),
donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno de cada lado, y en medio Jesús.
Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito:
‘Jesús el nazareno, el rey de los judíos’.

Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato:
S. “No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Soy rey de los judíos’ ”.

Pilato les contestó:
Pi. “Lo escrito, escrito está”.

Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes,
una para cada soldado, y apartaron la túnica.
Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo.
Por eso se dijeron:
S. “No la rasguemos, sino echemos suertes para ver a quién le toca”.
Así se cumplió lo que dice la Escritura:
Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica.
Y eso hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre,
María la de Cleofás, y María Magdalena.

Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre:
† “Mujer, ahí está tu hijo”.
Luego dijo al discípulo:
† “Ahí está tu madre”.

Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término,
para que se cumpliera la Escritura dijo:
† “Tengo sed”.

Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja
empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: “Todo está cumplido”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

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Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa.
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Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua,
para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado,
porque aquel sábado era un día muy solemne,
pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz.
Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro
de los que habían sido crucificados con él.  Pero al llegar a Jesús,
viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas,
sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza
e inmediatamente salió sangre y agua.

El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero
y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura:
No le quebrarán ningún hueso;
y en otro lugar la Escritura dice:
Mirarán al que traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea,
que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos,
pidió a Pilato que lo dejara llevarse el cuerpo de Jesús.
Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo.

Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche,
y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe.

Tomaron el cuerpo de Jesús
y lo envolvieron en lienzos con esos aromas,
según se acostumbra enterrar entre los judíos. 

Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron,
y en el huerto, un sepulcro nuevo,
donde nadie había sido enterrado todavía.
Y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua
y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús.
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Oración (No se dice: Oremos)

Recuerda, Señor,
que tu ternura y tu misericordia son eternas,
santifica a tus hijos y protégelos siempre,
pues Jesucristo, tu Hijo, en favor nuestro
instituyó por medio de su sangre
el misterio pascual.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

O bien:

Oh Dios, tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro,
por medio de su pasión ha destruido la muerte
que, como consecuencia del antiguo pecado,
a todos los hombres alcanza.
Concédenos hacernos semejantes a él.
De este modo, los que hemos llevado grabada,
por exigencia de la naturaleza humana
la imagen de Adán, el hombre terreno,
llevaremos grabada en adelante,
por la acción santificadora de tu gracia,
la imagen de Jesucristo, el hombre celestial.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R/. Amén.

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(La reflexión de hoy fue adaptada de una reflexión del Viernes Santo de Brendan Hoban)