domingo, 12 de agosto de 2018

TOB - 19vo Domingo - Dejen de murmurar - Jn 6, 41-51

No estamos hechos de piedra, nuestro cuerpo tiene sus límites y a veces se cansa.

Isaías pasó por un momento de frustración, desánimo y aridez cuando vio que Israel no respondía a sus esfuerzos. quizo tirar la toalla y desaparecer. Pero el Señor estuvo allí, le dió alimento, lo hizo descansar, le restableció su confianza en sus capacidades y lo invitó a seguir.

Una vez recuperado, Isaías continuó sabiendo que Yahvé estaba con él, caminando y actuando por medio de él. los panes horneados sostuvieron a Elijah, hasta que llegó a su destino, la montaña de Dios. Como Isaías, todos tenemos motivos para quejarnos y desanimarnos, a veces con buenas razones.
Pero si nos descuidamos  podemos vivir en un estado de ánimo muy negativo.

Vemos los problemas, pero no buscamos la solución, vemos lo que queremos ver y el resto está mal. Vemos generalmente las imágenes con tonos más brillantes. Nuestra visión puede restringirse a lo que está mal o falta o falta.

A los judíos les molestaba el modo en que Jesús se relacionaba con la gente, demasiado cercano para un Rabino, demasiado popular y cercano, ese era un problema. Respondían a Jesús quejándose de él. Quejarse es rara vez una respuesta adecuada; quejarse de Jesús tampoco lo era.

Muchos lo habían conocido como el hijo de José, el carpintero de Nazaret; ellos conocían a su familia y a su madre. Sin embargo, él les decía ahora que era el pan bajado del cielo. ¿Cuando había cambiado? ¿De donde le vino toda esa sabiduría y santidad? Les escandalizaba que uno de los suyos haga tales afirmaciones de sí mismo.

El Objetivo de Jesús era que sus discípulos crean y por eso les exige una respuesta especial.

A los que creen en Él les insta a acercarse a él para que se identifiquen más completa y profundamente con él. Nunca lo alcanzamos completamente en esta vida; nunca lo alcanzamos completamente, ni con nuestra mente ni con nuestro corazón. Siempre estamos caminando hacia él. No importa dónde estemos en nuestro camino de fe, el Señor sigue pidiéndonos que nos acerquemos.

No podemos ir a Jesús por nuestra cuenta; necesitamos la ayuda de Dios, Dios el Padre, siempre nos está atrayendo hacia su Hijo, a sentir su presencia como lo hizo con Isaías. Siempre hay más en nuestra relación con Jesús que solo nuestros propios esfuerzos humanos. Por experiencia sabemos  que nuestros propios esfuerzos pueden fallarnos en nuestra fe o en otras áreas. Pero, hay un impulso dentro de nosotros que proviene de Dios, un impulso que nos llevará a Jesús si estamos de alguna manera abiertos a él. El Señor nos invita a alimentarnos de su presencia, y en particular para alimentarnos de su palabra.En las Escrituras judías, el pan a menudo es un símbolo de la palabra de Dios.

En Jesús nos nutrimos por su palabra. El alimento de su palabra nos sostendrá en nuestro viaje por la vida, Cuando seguimos viniendo a Jesús y alimentándonos de su palabra, esa palabra moldeará nuestras vidas. Nos capacita para vivir al modo de San Pablo: una vida de esencialmente de amor, una vida en la cual nos amamos unos a otros como Cristo, una vida donde amando, nos perdonamos unos a otros así como Dios nos perdona. Esa, en esencia, es nuestro llamada bautismal.

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Lecturas Bíblicas en Lenguaje Latinoamericano, Domingo 19 TOB

Primera lectura: 1 Reyes 19, 4-8
En aquellos tiempos, caminó Elías por el desierto un día entero y finalmente se sentó bajo un árbol de retama, sintió deseos de morir y dijo: "Basta ya, Señor. Quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres". Después se recostó y se quedó dormido.

Pero un ángel del Señor llegó a despertarlo y le dijo: "Levántate y come". Elías abrió los ojos y vio a su cabecera un pan cocido en las brasas y un jarro de agua. Después de comer y beber, se volvió a recostar y se durmió.

Por segunda vez, el ángel del Señor lo despertó y le dijo: "Levántate y come, porque aún te queda un largo camino". Se levantó Elías. Comió y bebió. Y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Salmo Responsorial: Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (9a)
Bendeciré al Señor a todas horas, no cesará mi boca de alabarlo.
Yo me siento orgulloso del Señor, que se alegre su pueblo al escucharlo.
R. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder.
Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todas mis temores.
R. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Confía en el Señor y saltarás de gusto; jamás te sentirás decepcionado,
porque el Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias.
R. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Junto a aquellos que temen al Señor el ángel del Señor acampa y los protege.
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Dichoso el hombre que se refugia en él.
R. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.

Segunda lectura: Ef 4, 30–5, 2
Hermanos: No le causen tristeza al Espíritu Santo, con el que Dios los ha marcado para el día de la liberación final.

Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos, y perdónense los unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo.

Imiten, pues, a Dios como hijos queridos. Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios.

Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 51
R. Aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre.
R. Aleluya.

Evangelio: Jn 6, 41-51
En aquel tiempo, los judíos murmuraban contra Jesús, porque había dicho: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo", y decían: "¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?"

Jesús les respondió: "No murmuren. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.

Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Éste es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida''.

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