sábado, 2 de junio de 2018

TOB - 9no Domingo - Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo - Su presencia entre nosotros

Jesús es alimento viviente enviado desde arriba para nosotros. A diferencia de la comida ordinaria, que sostiene la vida corporal, esta comida da una vida que es eterna. Desde la zarza ardiente hasta la suave brisa, Dios ha dado a conocer su presencia entre nosotros desde el comienzo de los tiempos.

La presencia eucarística de Cristo es pan y es vino, uno de los elementos más comunes de la comida y la bebida en su tiempo. El Señor se hace presente entre nosotros en las cosas cotidianas.

El pan proviene de unas semillas de trigo mezcladas con agua, que después de hechas masa y varias etapas de desarrollo, terminan como una unidad que llamamos pan.

El vino comienza como un racimo de uvas que, procesadas, terminan en lo que llamamos vino.

Cuando un grupo de personas se reúne para orar, cada una de ellas es única, pero, después de un proceso que es obra del Espíritu de Dios, se convierten en una unidad, que llamamos iglesia, o el Cuerpo de Cristo. En comunión, el Cuerpo (de la comunidad) de Cristo se nutre del Cuerpo (sacramental) de Cristo.

Si alguien nos invitara a acercarnos lo más cerca que podamos para escuchar algo que quiere susurrarnos ocurriría que cuanto más te acercas a la fuente de sonido, más cerca estarás el uno del otro, hasta tocar un hombro con el otro. Es de este mismo modo como se forma la comunidad o el Cuerpo de Cristo. El proceso de acercar a las personas al Señor  da como resultado directo que las personas terminan siendo más cercanas entre sí.

En la historia, Dios ha hablado a su gente sorprendentemente. Habló a Elías desde la suave brisa, le habló a Moisés desde la zarza ardiente. Al nacer Jesús, los pobladores de  Belén ni se enteraron ni se entusiasmaron con el nacimiento de un nuevo bebé. Más tarde, Herodes se burlaría de Jesús tomándolo de tonto, también los soldados se burlaban del "rey". Después de la resurrección, María Magdalena lo confundió con el jardinero, Pedro pensó que era un fantasma, y ​​los discípulos en el camino a Emaús pensaron que era un viajero extraño cualquiera. Que él se presente en una forma tan simple como comida y bebida es justo lo que podríamos esperar de "El Dios de las sorpresas".

Ya lo decía San Columbano: "Hermanos, la fuente es la sabiduría, la Palabra de Dios en las alturas (Si 1, 5), deseémosla, busquémosla: en ella están ocultos, como dice el Apóstol, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3); ella invita a los que tienen sed a que se lleguen a beber. Si tú tienes sed bebe en la fuente de vida; si tienes hambre, come el Pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este Pan y sed de esta fuente. Comen y beben sin cesar y desean seguir bebiendo y comiendo. Qué bueno es poder comer y beber siempre, sin perder la sed ni el apetito, aquello que continuamente se puede gustar sin dejar de desearlo. El rey profeta lo dice: Gusten y vean qué bueno es el Señor (Sal 33, 9)»15.

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TOB -Lecturas en Lenguaje Latinoamericano - Fiesta del Corpus Cristi

Primera lectura: Ex 24, 3-8
En aquellos días, Moisés bajó del monte Sinaí y refirió al pueblo todo lo que el Señor le había dicho y los mandamientos que le había dado. Y el pueblo contestó a una voz: “Haremos todo lo que dice el Señor”.

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano, construyó un altar al pie del monte y puso al lado del altar doce piedras conmemorativas, en representación de las doce tribus de Israel.

Después mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos, como sacrificios pacíficos en honor del Señor. Tomó la mitad de la sangre, la puso en vasijas y derramó sobre el altar la otra mitad.

Entonces tomó el libro de la alianza y lo leyó al pueblo, y el pueblo respondió: “Obedeceremos. Haremos todo lo que manda el Señor”.

Luego Moisés roció al pueblo con la sangre, diciendo: “Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído”.

Salmo ResponsorialSalmo 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18 (13)
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
Levantaré el cáliz de la salvación, e invocaré el nombre del Señor.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
A los ojos del Señor es muy penoso que mueran sus amigos.
De la muerte, Señor, me has librado, A mí, tu esclavo e hijo de tu esclava.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
Te ofreceré con gratitud un sacrificio e invocaré tu nombre.
Cumpliré mis promesas al Señor ante todo su pueblo.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.

Segunda lectura: Heb 9, 11-15
Hermanos: Cuando Cristo se presentó como sumo sacerdote que nos obtiene los bienes definitivos, penetró una sola vez y para siempre en el “lugar santísimo”, a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombres, ni pertenecía a esta creación. No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna.

Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera, cuando se esparcían sobre los impuros, eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que demos culto al Dios vivo, ya que a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo como sacrificio inmaculado a Dios, y así podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!

Por eso, Cristo es el mediador de una alianza nueva. Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido.

Secuencia
Al Salvador alabemos,
que es nuestro pastor y guía.
Alabémoslo con himnos
y canciones de alegría.

Alabémoslo sin límites
y con nuestras fuerzas todas;
pues tan grande es el Señor,
que nuestra alabanza es poca.

Gustosos hoy aclamamos
a Cristo, que es nuestro pan,
pues él es el pan de vida,
que nos da vida inmortal.

Doce eran los que cenaban
y les dio pan a los doce.
Doce entonces lo comieron,
y, después, todos los hombres.

Sea plena la alabanza
y llena de alegres cantos;
que nuestra alma se desborde
en todo un concierto santo.

Hoy celebramos con gozo
la gloriosa institución
de este banquete divino,
el banquete del Señor.

Ésta es la nueva Pascua,
Pascua del único Rey,
que termina con la alianza
tan pesada de la ley.

Esto nuevo, siempre nuevo,
es la luz de la verdad,
que sustituye a lo viejo
con reciente claridad.

En aquella última cena
Cristo hizo la maravilla
de dejar a sus amigos
el memorial de su vida.

Enseñados por la Iglesia,
consagramos pan y vino,
que a los hombres nos redimen,
y dan fuerza en el camino.

Es un dogma del cristiano
que el pan se convierte en carne,
y lo que antes era vino
queda convertido en sangre.

Hay cosas que no entendemos,
pues no alcanza la razón;
mas si las vemos con fe,
entrarán al corazón.

Bajo símbolos diversos
y en diferentes figuras,
se esconden ciertas verdades
maravillosas, profundas.

Su sangre es nuestra bebida;
su carne, nuestro alimento;
pero en el pan o en el vino
Cristo está todo completo.

Quien lo come no lo rompe,
no lo parte ni divide;
él es el todo y la parte;
vivo está en quien lo recibe.

Puede ser tan sólo uno
el que se acerca al altar,
o pueden ser multitudes:
Cristo no se acabará.

Lo comen buenos y malos,
con provecho diferente;
no es lo mismo tener vida
que ser condenado a muerte.

A los malos les da muerte
y a los buenos des da vida.
¡Qué efecto tan diferente
tiene la misma comida!

Si lo parten, no te apures;
sólo parten lo exterior;
en el mínimo fragmento
entero late el Señor.

Cuando parten lo exterior
sólo parten lo que has visto;
no es una disminución
de la persona de Cristo.

*El pan que del cielo baja
es comida de viajeros.
Es un pan para los hijos.
¡No hay que tirarlo a los perros!

Isaac, el inocente,
es figura de este pan,
con el cordero de Pascua
y el misterioso maná.

Ten compasión de nosotros,
buen pastor, pan verdadero.
Apaciéntanos y cuídanos
y condúcenos al cielo.

Todo lo puedes y sabes,
pastor de ovejas, divino.
Concédenos en el cielo
gozar la herencia contigo.
Amén.

Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 51
R. Aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre.
R. Aleluya.

Evangelio: Mc 14, 12-16. 22-26
El primer día de la fiesta de los panes Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?” Él les dijo a dos de ellos: “Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entre: ‘El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ Él les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena”. Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen: esto es mi cuerpo”. Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos.


Notas: La celebración de la Eucaristía en la Didaché
En la Didaché encontramos un testimonio explícito sobre la Eucaristía donde insinúa implícitamente al exigir que sólo puedan acceder a ella los bautizados por ser un alimento sagrado.

“Respecto a la acción de gracias, daréis gracias de esta manera: Primeramente, sobre el cáliz: Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos. Luego, sobre el fragmento: Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente. Que nadie, empero, coma ni beba de vuestra acción de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor, pues acerca de ello dijo el Señor: No deis lo santo a los perros” (Didaché 9,1-4)

En la Didaché vemos que los primeros cristianos veían la Eucaristía como el sacrificio puro y perfecto profetizado por el profeta Malaquías “Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura.” (Malaquías 1,11).

“Reunidos cada día del Señor, rompan el pan y den gracias, … Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor: En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor, y mi Nombre es admirable entre las naciones.” (Didaché 14,1-3)

Cristo no se “resacrifica” en cada Misa, el único sacrificio de Cristo es presentado a Dios Padre en cada Eucaristía, y por eso en el Catecismo oficial de la Iglesia Católica se enseña que “actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador”(CEC 1330) y no que lo “repite”.


San Columbano - Sobre la Eucaristía

«Queridos hermanos, si su alma tiene sed de la fuente divina de la que les voy a hablar, aticen esta sed y no la apaguen. Beban pero sin hartarse. Porque la fuente viva nos llama, la fuente de vida nos dice: El que tenga sed que venga a mí y beba. ¿Beber qué? Escúchenle. El profeta les lo dice, la misma fuente lo declara: Me han abandonado a mí, que soy la fuente de vida, dice el Señor (Jr 2, 13). El mismo Señor, Jesucristo nuestro Señor, es la fuente de vida, y por eso nos invita para que lo bebamos. Lo bebe el que lo ama; lo bebe el que se sacia con la Palabra de Dios, la ama y la desea; lo bebe el que arde de amor por la sabiduría...

Hermanos, la fuente es la sabiduría, la Palabra de Dios en las alturas (Si 1, 5), deseémosla, busquémosla: en ella están ocultos, como dice el Apóstol, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3); ella invita a los que tienen sed a que se lleguen a beber. Si tú tienes sed bebe en la fuente de vida; si tienes hambre, come el Pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este Pan y sed de esta fuente. Comen y beben sin cesar y desean seguir bebiendo y comiendo. Qué bueno es poder comer y beber siempre, sin perder la sed ni el apetito, aquello que continuamente se puede gustar sin dejar de desearlo. El rey profeta lo dice: Gusten y vean qué bueno es el Señor (Sal 33, 9)»15.

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