domingo, 4 de febrero de 2018

TOB - 6ta. Domingo - Sanando heridos no deseados -  Mc 1, 40-45

Todos necesitamos conectarnos con otros porque a nadie le gusta sentirse aislado o separado de la familia, los amigos o la comunidad. Un aspectos muy desafiante de la enfermedad o discapacidad puede ser el aislamiento que trae.

Cuando estamos enfermos o nuestro cuerpo se debilita, no podemos tomar la misma iniciativa que antes para conectarnos con los demás. Por su débil condición física, las personas pueden quedar confinadas a su casa; las cosas que solían hacer al reunirse con otros ya no son posibles.

Ciertas formas de enfermedad son más aislantes que otras, en la época de Jesús fue la lepra. Por razones higiénicas, los leprosos tenían que vivir separados, 'fuera del campamento'. Solo podían tenerse el uno al otro por compañía. Vivían separados de su familia, sus amigos y la comunidad.

Tanto Jesús como el leproso pueden enseñarnos cómo salir de nuestro aislamiento, incluso cuando las probabilidades parecen estar contra nosotros. Todos podemos sentirnos tentados de vez en cuando a refugiarnos en nuestro caparazón, ya sea por nuestra salud o alguna discapacidad o una experiencia pasada que nos haya agotado la vida. Es en esos momentos que necesitamos algo de la iniciativa y la energía audaz del leproso. Puede llegar un momento en que, como el leproso, tengamos que tomar nuestro coraje en nuestras propias manos y, contra la expectativa convencional, salir en una dirección audaz. Fue la desesperación lo que llevó al leproso a buscar a Jesús. A veces, también para nosotros, puede ser nuestra desesperación lo que finalmente nos ayude, nos conecte con esa persona que nos importa y a la que le importamos más de lo que nos damos cuenta o nos pone en contacto con alguna reunión o grupo que tiene el potencial para hacernos bien o incluso para transformar nuestras vidas. 

Sorprenden a veces las iniciativas de algunas personas para conectarse con otros mucho menos saludables y mucho menos capaces físicamente. Eso se ve siempre en la parroquia: personas mayores que dominan Internet, que se han acostumbrado completamente a su hogar con Skype; personas más jóvenes que a pesar de una discapacidad grave han encontrado los medios para vivir una vida muy plena que está marcada por el servicio de los demás. El hombre que se acerca a Jesús bien podría ser el santo patrón de todos aquellos que luchan por conectarse con los demás aún en contra de todas las probabilidades.

A diferencia del leproso, Jesús estaba perfectamente sano, pero tenía el mismo deseo de conectarse con los demás. Cuando el leproso se le acercó, podría haberse apartado, como la mayoría de la gente lo hubiera hecho. Jesús se mantuvo firme y se comprometió con el leproso, se acercó a él no solo de palabra, sino por acción. Él no solo le habló, sino que lo tocó. 

A menudo, Jesús sana a las personas con su sola palabra; pero este hombre que había sufrido un aislamiento extremo realmente necesitaba ser tocado. Jesús hizo más de lo que le pidieron; tomó una iniciativa tan atrevida como el movimiento del leproso hacia él. Fue tan lejos como cualquier ser humano pudo ir para liberar a este hombre de su aislamiento. Lo que el Señor hizo por el leproso, lo desea continuar haciendo en nuestros días a través de cada uno de nosotros. Hay muchas personas aisladas y solitarias entre nosotros. Debemos dar el paso que Jesús dio para tocar al leproso.

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Lecturas Bíblicas en Lenguaje Latinoamericano - TOB Domingo 6

Primera lectura: Lv 13, 1-2. 44-46
El Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Cuando alguno tenga en su carne una o varias manchas escamosas o una mancha blanca y brillante, síntomas de la lepra, será llevado ante el sacerdote Aarón o ante cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un leproso, y el sacerdote lo declarará impuro. El que haya sido declarado enfermo de lepra, traerá la ropa descosida, la cabeza descubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: '¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!' Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento".

Salmo Responsorial: Salmo 31, 1-2. 5. 11/ R. Perdona, Señor, nuestras pecados.
Dichoso aquel que ha sido absuelto de su culpa a su pecado.
Dichoso aquel en el que Dios no encuentra ni delito ni engaño.
R. Perdona, Señor, nuestras pecados.

Ante el Señor reconocí mi culpa, no oculté mi pecado.
Te confesé, Señor, mu gran delito y tú me has perdonado.
R. Perdona, Señor, nuestras pecados.

Alégrense con el Señor y regocíjense los justos todos,
y todos los hombres de corazón sincero canten de gozo.
R. Perdona, Señor, nuestras pecados.

Segunda Lectura: 1 Cor 10, 31–11, 1
Hermanos: Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios. No den motivo de escándalo ni a los judíos, ni a los paganos, ni a la comunidad cristiana. Por mi parte, yo procuro dar gusto a todos en todo, sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven. Sean, pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo.

Aclamación antes del Evangelio: Lc 7, 16
R. Aleluya, aleluya.
Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
R. Aleluya.


Evangelio: Mc 1, 40-45
En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: "Si tú quieres, puedes curarme".

Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: "¡Sí quiero: Sana!"

Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: "No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés".

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

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